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Adolescente sosteniendo su teléfono celular mientras camina por la calle

El uso del móvil y un día en la vida de los adolescentes

El 95 % de los adolescentes tiene acceso a un smartphone y casi la mitad está en línea casi constantemente. Datos actuales de Pew Research y un recorrido por un día típico para educar dentro de la pantalla.

Miguel Euraque

Miguel Euraque

17/04/2012
7 min

Todos tenemos una opinión sobre cuánto usan el teléfono los adolescentes. Casi nadie tiene datos. En casa, en la iglesia y en el aula vemos a chicos y chicas pegados a la pantalla mientras juegan, chatean, comparten fotos o miran videos, y entre la molestia de los adultos y el hábito de los jóvenes se instala una conversación que casi siempre termina igual: con un reclamo, un apagón o un castigo, pero casi nunca con entendimiento.

La respuesta honesta es que los adolescentes usan el móvil muchísimo, y ahora tenemos números que lo confirman. Según una encuesta del Pew Research Center aplicada entre septiembre y octubre de 2024 a adolescentes de 13 a 17 años, el 95 % tiene acceso a un smartphone y casi la mitad, el 46 %, dice estar en línea «casi constantemente». En este artículo vamos a recorrer un día en la vida de un adolescente con su teléfono, a mirar qué dice la investigación sobre ese uso y a sacar conclusiones prácticas para padres, maestros y líderes de jóvenes.

Una salvedad antes de continuar: los datos son de Estados Unidos y sirven como referencia, no como retrato exacto de lo que ocurre en tu país o en tu grupo. Y ninguna estadística reemplaza lo que tú observas en tu propia casa o en tu clase.

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De la intuición a los datos

Cuando escribí por primera vez sobre este tema, en 2012, el propósito era el mismo de ahora: salir de las suposiciones y mirar cifras reales sobre cuántos jóvenes tenían celular y cuánto lo usaban. En aquel entonces los datos venían del crecimiento del mercado de teléfonos inteligentes. Hoy la pregunta ya no es si los adolescentes tienen teléfono, sino qué hacen con él y durante cuánto tiempo.

La encuesta del Pew Research Center de 2024 ofrece dos cifras centrales. La primera: el 95 % de los adolescentes de 13 a 17 años tiene acceso a un smartphone. Prácticamente todos. La segunda: el 46 % dice estar en línea «casi constantemente», una expresión que los propios encuestados usan para describir un uso que no se apaga del todo. No se trata de horas exactas, sino de una presencia continua: el teléfono no es una actividad entre otras, es el medio por el que transcurren muchas de ellas.

Lo notable es que los propios adolescentes reconocen el problema. En una encuesta anterior, de 2023, la mayoría de ellos admitió que pasa demasiado tiempo con el teléfono, y la mayoría de los padres dijo lo mismo. Hay coincidencia en el diagnóstico y, aun así, el uso no baja. Eso sugiere que el desafío no es de información sino de formación: sabemos que hay exceso, pero no sabemos cómo administrarlo.

Un día en la vida de un adolescente con su teléfono

Si siguiéramos a un adolescente típico en un día cualquiera, el teléfono aparecería en casi todas las escenas. No es un estudio, sino un retrato genérico: cualquiera que trabaje con jóvenes reconocerá más de una escena.

La mañana empieza con el móvil: es el despertador, y también la primera pantalla que se revisa antes de levantarse del todo. En el desayuno, los mensajes del grupo de clase llegan antes que la conversación de la familia. En el camino a la escuela, los audífonos aíslan el trayecto. Durante las clases, el teléfono vive en la mochila o bajo el pupitre, y la tentación de mirar la notificación gana más veces de las que pierde. En el recreo, el grupo se junta tanto para conversar como para ver juntos un video o una publicación. Por la tarde, las tareas compiten con las redes, y las pausas para «descansar cinco minutos» suelen durar mucho más. La noche termina como empezó: con la pantalla encendida, a veces bajo las sábanas, mucho después de la hora de dormir.

El detalle que más dice de esta rutina no es el tiempo total, sino el lugar que ocupa: el teléfono está entretejido con la vida social. Para un adolescente, apagar el celular no es solo dejar un aparato; es desconectarse del grupo, de las conversaciones, de lo que todos saben menos él. Por eso las medidas simples, quitar el teléfono, poner límites de horas, chocan con algo más profundo que la pereza.

Qué significa ese uso para la educación

La escuela y la iglesia tienen hoy una decisión que en 2012 apenas se asomaba: qué hacer con un salón lleno de estudiantes que llevan una computadora en el bolsillo. El debate está instalado incluso en el país de la encuesta: el propio Pew Research publicó en 2024 que la mayoría de los estadounidenses apoya prohibir los celulares durante las clases, aunque menos apoyan una prohibición durante todo el día escolar.

Hay dos lecturas posibles, y conviene sostener las dos. La primera es la del riesgo: la atención se fragmenta, las notificaciones interrumpen el aprendizaje y la comparación constante con las vidas de otros pesa sobre la autoestima. Los maestros compiten, sin estrategia, contra un dispositivo diseñado para ganar atención.

La segunda es la de la oportunidad: el móvil también es una herramienta de aprendizaje. Sirve para investigar, para trabajar en documentos compartidos, para responder cuestionarios en tiempo real con plataformas de juego educativo, para llevar la Biblia en el bolsillo en el caso del grupo de jóvenes. La diferencia entre el riesgo y la oportunidad no la decide el aparato, sino el adulto que lo integra con propósito. Una clase que finge que el teléfono no existe pierde la batalla por decreto; una que le asigna un papel claro lo convierte en aliado.

Qué pueden hacer padres, maestros y líderes

Las cifras ayudan a ver el problema, pero la salida es relacional. Algunas prácticas que funcionan, según el contexto de cada casa o salón:

  • Reglas con razones. Un límite sin explicación se vive como castigo; un límite explicado se puede aceptar. «No hay teléfono en la mesa» funciona mejor cuando se dice por qué: la comida es un espacio de conversación.
  • El ejemplo de los adultos. Los adolescentes aprenden del uso que ven más que del discurso que escuchan. Un padre o maestro que revisa el teléfono a cada rato difícilmente pide lo que no practica.
  • Espacios sin pantallas. Momentos protegidos del día, la comida, la primera hora de la mañana, las reuniones del grupo, donde el teléfono simplemente no está.
  • Alternativas reales. El deporte, la conversación cara a cara, los juegos de mesa y el servicio ofrecen lo que la pantalla promete: pertenencia y entretenimiento, sin sus costos.
  • Educación digital, no solo vigilancia. Enseñar a discernir qué se sigue, a quién se cree y qué se comparte es tan importante como controlar el tiempo. Los jóvenes necesitan criterios, no solo candados.

Para los líderes de jóvenes, el dato de 2023, que los propios adolescentes se sienten excedidos, es una puerta de entrada honesta. En lugar de abrir con un sermón sobre el peligro del celular, se puede abrir con una pregunta: «¿Ustedes sienten que pasan demasiado tiempo con el teléfono?». Casi siempre la respuesta es sí, y a partir de ahí la conversación deja de ser acusación y se vuelve acompañamiento.

Cuando el móvil se convierte en territorio de discipulado

La conclusión de este recorrido no es que el teléfono sea el enemigo. Los datos muestran que el móvil es el lugar donde los adolescentes viven una parte enorme de su día: se comunican, se expresan, aprenden, se aburren y se comparan allí dentro. Para padres, maestros y líderes, eso significa que la formación ya no ocurre solo en la casa, el aula o la reunión del viernes: ocurre también dentro de la pantalla.

El cambio práctico que propongo es pequeño y concreto: esta semana, inicia una conversación con un adolescente sobre su propio uso del teléfono, sin juzgar y con curiosidad genuina. Pregúntale qué es lo que más le gusta de estar en línea, qué le cuesta dejar, qué haría si no tuviera límites. Esa conversación vale más que diez regaños, porque educa a la persona dentro de su territorio real.

¿Y tú? ¿Qué escena de este día típico reconoces en los adolescentes que conoces, y cuál de las prácticas propuestas podrías aplicar esta misma semana?

Temas:#adolescentes#celular#educacion#jovenes#pantallas#tecnologia

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