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Líder de jóvenes mirando el horizonte junto a su grupo de adolescentes

El valor de una visión: caminar con un objetivo claro

Una visión clara convierte los sacrificios en inversiones. Qué es tener visión en el ministerio juvenil, cómo se paga con recursos y las preguntas para definirla.

Miguel Euraque

Miguel Euraque

25/04/2008
6 min

La mayoría de los ministerios juveniles no se detiene por falta de ideas, sino por falta de dirección. Se puede tener una agenda llena de actividades y aun así sentir que se camina en círculos, porque una actividad sin destino agota, mientras que un objetivo claro ordena los esfuerzos, los recursos y hasta los ánimos. Todos hemos visto grupos que trabajan mucho y avanzan poco, y la diferencia casi nunca está en la energía, sino en la visión.

Hace algunos años, escuchando en mi computadora un seminario del orador y motivador Jim Rohn, escuché una frase que no he dejado de pensar: cuando decidas a dónde ir, cualquier inversión que hagas no será tan grande. En este artículo quiero desarrollar esa idea aplicada a la pastoral juvenil: qué es una visión clara, por qué vale la pena tenerla y cómo se traduce en inversiones concretas de tiempo, dinero, integridad y relaciones.

Cuando decidas a dónde ir, cualquier inversión que hagas no será tan grande.

Jim Rohn

Tabla de contenidos

La frase de Jim Rohn que sigo recordando

Jim Rohn (1930-2009) fue uno de los oradores de desarrollo personal más conocidos del siglo pasado, y sus seminarios sobre liderazgo y éxito personal siguen circulando en audio y video hasta hoy. La frase que menciono la escuché hace años en uno de esos seminarios y desde entonces no la he soltado, porque expresa algo que se cumple en la vida real: el costo de algo se mide en relación con el destino.

Mientras no has decidido a dónde vas, cualquier gasto parece excesivo. Pagar un curso de formación parece caro, dedicar una tarde a planificar parece tiempo perdido, invertir en materiales parece un derroche. Pero en el momento en que decides con claridad a dónde quieres llegar, esas mismas cantidades dejan de leerse como gastos y se leen como inversiones. No cambia el monto; cambia la mirada. La visión no hace más baratas las cosas, pero hace que valga la pena pagarlas.

Qué es tener una visión clara

Un sueño y una visión se parecen, pero no son lo mismo. El sueño es una imagen: un grupo de jóvenes creciendo, una iglesia transformada, una generación sirviendo. La visión es ese sueño con dirección: quiénes, hacia qué, en qué tiempo y por qué medios. Por eso es posible tener sueños grandes y resultados pequeños: faltaba la ruta.

En la pastoral juvenil, una visión clara responde a preguntas que casi nadie se detiene a formular. ¿Qué jóvenes queremos formar: los que ya vienen o también los que no llegan? ¿Qué crecimiento buscamos: más asistencia, más discipulado, más servicio? ¿En qué plazo: este año, cinco años, una generación? Cuando estas respuestas no existen, cualquier actividad se justifica por sí misma y el ministerio se convierte en una sucesión de eventos sin memoria.

El compromiso con la visión, además, se reparte distinto según el horizonte. Un objetivo a corto plazo se alcanza con constancia; uno a mediano plazo exige planificación; uno a largo plazo, casi todo lo anterior más perseverancia. Saber en qué horizonte estás trabajando te dice qué tipo de esfuerzo estás firmando.

La visión se paga con cuatro inversiones

En el seminario de Rohn y en mi propia experiencia pastoral, la visión se traduce en cuatro tipos de inversión, y es útil revisarlas una por una:

Inversión económica. Cuando la visión es clara, se saca del propio bolsillo para aprender: libros, cursos, viajes a capacitaciones, materiales para el grupo. Lo que antes parecía un gasto innecesario se vuelve la compra más razonable del mes, porque financia el destino.

Inversión laboral. El esfuerzo se intensifica. Se trabaja con más dedicación, con más horas de preparación, con más cuidado en los detalles. No es ansiedad ni afán de protagonismo: es la energía que produce saber exactamente para qué se trabaja.

Inversión moral. Quien tiene un destino claro cuida la manera de caminar. La integridad, actuar de forma correcta según las normas que vienen de la Palabra de Dios, deja de ser un ideal abstracto y se convierte en parte del viaje: no se quiere llegar de cualquier forma, porque el cómo también es parte del qué.

Inversión social. La visión alcanza a otros. El liderazgo que solo se beneficia a sí mismo se queda corto; la visión madura busca beneficiar a la sociedad, y en nuestro caso, a la generación que viene detrás. Las relaciones dejan de ser escalones y se vuelven compañeros de ruta.

La clave de las cuatro inversiones es que ninguna funciona como receta suelta. Lo que las sostiene es la primera decisión: saber a dónde se va.

Tres preguntas para definir tu visión

Si este tema te encuentra en un momento de indefinición, hay tres preguntas que pueden ordenar tu semana. Las primeras dos vienen del material original de este artículo; la tercera la agrego por experiencia:

  1. ¿A dónde has decidido ir? No «a dónde te gustaría llegar»: a dónde has decidido. Una decisión nombra el destino y se puede escribir en una frase. Si no puedes escribirla, todavía no es una decisión.
  2. ¿Qué inversión has decidido hacer? Con el destino claro, llega el turno de la cartera, la agenda y las prioridades. ¿Qué estás dispuesto a pagar, en tiempo y recursos, por ese destino?
  3. ¿Qué estás dispuesto a dejar de hacer? Esta es la pregunta que más se evita, porque toda visión exige renuncias. Decir sí a un objetivo significa decir no a actividades buenas que no conducen a él. La agenda llena de cosas valiosas y desconectadas es la señal clásica de una visión ausente.

Puedes hacer estas preguntas en silencio, o mejor, en una reunión con tu equipo de líderes. Una visión compartida por varios se sostiene mucho mejor que una que vive en una sola cabeza.

La inversión más cara es no decidir

Volvamos a la frase de Rohn con una conclusión que a veces se pasa por alto: si el costo se mide en relación con el destino, entonces no decidir no es gratis. Es la opción más cara de todas, porque paga el mismo tiempo, el mismo esfuerzo y los mismos recursos sin obtener dirección a cambio. El ministerio que no decide a dónde va gasta igual, solo que en círculos.

Te animo a hacer esta semana algo pequeño y concreto: escribe en una frase el destino de tu ministerio o de tu grupo, compártela con un líder de confianza y responde las dos preguntas del seminario: ¿a dónde he decidido ir y qué inversión estoy dispuesto a hacer? Puede que la frase te salga torpe al principio; casi siempre ocurre así. Lo importante es que exista, porque una visión escrita ya es una visión que empieza a caminar.

¿Qué opinas del tema? ¿Tu ministerio tiene una visión escrita o todavía vive de actividades sueltas? Me gustaría leer tu respuesta en los comentarios.

Temas:#direccion#liderazgo#ministerio-juvenil#objetivos#vision

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