
Líder juvenil: trabaja con lo que tienes
«No tengo los recursos» es una de las excusas más comunes en el liderazgo juvenil. La excelencia no espera al presupuesto ideal: nace cuando trabajamos con lo que tenemos a la mano y lo ponemos en manos de Dios.

Miguel Euraque
«Yo lo podría hacer mejor, pero… como no tengo… entonces no se puede hacer bien». Si has servido en el liderazgo juvenil por algún tiempo, esa frase te resulta familiar. Quizá hasta te ha salido a ti, con el micrófono inalámbrico que falta, el proyector que nadie presta, la computadora lenta o el presupuesto que nunca alcanza para la actividad que soñaste.
La verdad es que la excelencia no llega cuando por fin consigues el equipo ideal. Llega antes, mucho antes, cuando aprendes a trabajar con lo que tienes a la mano y lo pones a disposición de Dios. En este artículo te cuento una historia personal que me lo enseñó, y algunos principios que puedes aplicar desde esta misma semana.
Tabla de contenidos
- La excusa de no tener
- Mi historia con la computadora soñada
- Lo que esa espera me enseñó
- Trabajar con lo que tienes: cinco principios
- El peligro de esperar a tener más
- La pregunta que queda en tus manos
La excusa de no tener
Todos en algún momento hemos deseado algo que creemos que nos haría mejores líderes. En mi caso, la lista incluía un micrófono inalámbrico nuevo, un proyector para las clases con los jóvenes, una videocámara para grabar los estudios y, por supuesto, una computadora decente. A veces hasta sumaba la cifra exacta: «con mil dólares podría hacer tal actividad».
Y es que la excusa de no tener suena razonable. Parece humildad: reconoces tus límites, no prometes de más. Pero si la examinas con cuidado, descubres que casi siempre es otra cosa. Es una manera de pedir permiso para no empezar. Mientras el recurso no llegue, la responsabilidad queda en pausa, y la pausa se vuelve cómoda.
El problema no es desear mejores herramientas. El problema es convertir esa espera en la condición para servir. Porque la obra que Dios te confió no está esperando tu presupuesto; está esperando tu obediencia con lo que ya tienes.
Mi historia con la computadora soñada
Esto me recuerda algo que me sucedió hace ya algún tiempo. Durante varios años estuve pidiendo al Señor que me diera una computadora nueva, con la cual, le decía yo, haría ediciones de video, mezclas de audio y un sinfín de proyectos para el ministerio.
Esperé, esperé y esperé. Y un buen día el Señor me bendijo permitiéndome comprar la computadora de mis sueños, con todos los cachivaches y accesorios que yo había imaginado.
Sorprendentemente, el hecho de tener esa supercomputadora no cambió las cosas de un día para otro. No amanecí a la mañana siguiente haciendo ediciones de video ni mezclas de audio. De hecho, he hecho muy pocas hasta el día de hoy. Y la verdad, en lo que más me ha ayudado esa PC es a la hora de escribir y gestionar el sitio.
Mientras tanto, mi computadora viejita, un dinosaurio, una Pentium D, como suelo decirle, sigue siendo mi referencia para lo que realmente importa: el trabajo diario, constante, sin drama.
Lo que esa espera me enseñó
Durante mucho tiempo creí que solo podría llegar a ser excelente cuando poseyera algo de alto valor adquisitivo. Esa es la idea que muchos tenemos metida: que la calidad del trabajo depende del precio del equipo.
La experiencia me mostró otra cosa. La excelencia no llegó con la supercomputadora. Llegó cuando aprendí a trabajar con lo que tenía a la mano, a aprovechar cada herramienta disponible y a dejar que Dios usara ese esfuerzo para su gloria y para bendición de otros.
De allí que haya llegado a una convicción simple: el instrumento no hace al obrero. Un líder con una guitarra prestada y con el corazón dispuesto puede dirigir una alabanza más edificante que otro con el mejor equipo del mundo y el corazón dividido. Dios no está limitado por nuestros recursos; está esperando que los pongamos sobre la mesa.
Trabajar con lo que tienes: cinco principios
Si quieres dejar de esperar y empezar a servir con lo que hay, estos cinco principios te pueden orientar:
- Haz inventario de lo que ya tienes. Antes de lamentar lo que falta, anota lo que sí tienes: talentos, tiempo, espacios, personas dispuestas, herramientas funcionando. Casi siempre hay más de lo que crees.
- Empieza pequeño y hazlo bien. Una clase mejor preparada, un grupo más pequeño atendido con fidelidad, un detalle bien hecho. La excelencia se entrena en lo pequeño, no se estrena en lo grande.
- Domina lo básico de lo que tienes. En lugar de soñar con otra herramienta, aprende a sacarle todo el jugo a la que ya posees. Muchos líderes cambian de método sin haber dominado el anterior.
- Cuida y organiza lo poco. Un salón limpio, archivos ordenados, materiales guardados. El cuidado de lo poco es la prueba de que estás listo para lo más.
- Ofrécelo al Señor y ponle fecha. No te quedes en el deseo. Elige una acción concreta para esta semana y hazla delante de Dios.
El peligro de esperar a tener más
Hay un peligro silencioso en la espera: puede disfrazar la pereza y la comparación de prudencia. Cuando ves a otro ministerio con más recursos, es fácil convencerte de que el tuyo no puede avanzar sin eso mismo. Pero la comparación casi nunca te dice la verdad completa: no ves las horas de trabajo, las oraciones ni las renuncias que hay detrás del recurso ajeno.
Esperar a tener más también aplaza la formación. El líder que no hace nada hoy porque le falta mucho, tampoco estará listo cuando el mucho llegue. La fidelidad en lo poco es la escuela de la fidelidad en lo mucho, y esa escuela no admite aplazos.
Si reconoces la excusa del «no tengo» en tu vida, no te condenes: todos la usamos alguna vez. Pero no la dejes vivir en paz. Tráela delante del Señor, pídele que te muestre lo que ya tienes y empieza hoy.
La pregunta que queda en tus manos
He compartido contigo una historia real y los principios que me dejó. Ahora la pregunta final, la misma que me hice yo: ¿qué es lo que tienes hoy en tus manos que puedes poner a disposición de Dios?
Puede ser una computadora vieja, una hora libre los sábados, un don para escuchar, un salón modesto o un equipo pequeño pero fiel. No importa cuán poco parezca. En las manos del Señor, lo poco alcanza, y alcanza para más de lo que imaginas.
Te animo a que esta semana hagas tu inventario, elijas una sola cosa y la ofrezcas. Y si al hacerlo descubres que la excelencia ya estaba disponible desde antes, cuéntamelo en los comentarios: me encantará leer cómo Dios está usando lo que tienes en tus manos. Que Dios te bendiga.
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